Mi nombre es Juan Carlos Fulano,
y soy un mero peatón. Un extra en la vida. ¿Vieron que, en la ficción, hay
mucha gente caminando y haciendo de extras para darle relleno y vida a los
entornos en los que los verdaderos protagonistas luchan sus batallas reales o
simbólicas? Pues bien, yo soy uno de estos rellenos, pero en la vida real.
Tengo tantas experiencias para contarles y tanto que compartir que no sé por
dónde empezar. Empecemos por donde sea.
Una vez estaba caminando por la
calle de la ciudad, yendo a mi trabajo de todos los días. Como buen extra de
traje y corbata que no tiene nada de lo que preocuparse más que de llevar un
plato de comida a su mesa. Mientras iba al trabajo, vi a un tipo corriendo
detrás de mí. Era un ladrón, que le había sacado el bolso a una mujer. Me pasó
por al lado sin siquiera rozarme mientras escapaba de una mujer policía que lo
perseguía, la cual tampoco llegó siquiera a tocarme a pesar de lo cerca de mí
que estuvo. Cuando estaba por llegar a la esquina, el ladrón se tropezó y cayó
al piso. La policía lo atrapó, lo retuvo y lo llevó a su patrulla. En ese caso,
los que vivieron toda una aventura fueron la mujer que fue víctima de robo, el
ladrón que había cometido el delito y la policía que lo atrapó. Yo no tuve
ningún protagonismo en esa historia. Si me hubieran chocado al menos, ahí sí
que hubiera tenido alguna participación en ese episodio, pero no. Simplemente
fue un día más para mí.
En otra ocasión en la que iba a
la casa de mi madre, estaba conduciendo un auto propio de alguien de mi
condición. Esto es, un auto promedio. Ni muy lujoso ni muy pobre. El auto que
un don nadie manejaría. De pronto, mientras estaba en una esquina esperando a
que el semáforo se pusiera en verde, pasaron otros dos coches de alta gama a
toda velocidad, saltándose las luces rojas e intercambiando disparos. Era el
famoso cartel de Sosa contra la mafia Colombo. La vida se les iba tanto
metafórica como literalmente entre el frenesí y las ráfagas de balas a miembros
de ambos bandos. Los vi alejarse en el horizonte urbano y, justo cuando estaban
por desaparecer de mi vista y de mi vida, alcancé a divisar que el coche de los
Colombo chocó contra una boca de incendios, derrapó con todo y se llevó puesto
a varios civiles. Mientras tanto, no supe nada más de los de Sosa. Probablemente
hayan vuelto a su guarida. Lo que quiero decir es que, en aquella oportunidad,
los protagonistas de la historia fueron los miembros de ambas pandillas y, en
menor medida, los civiles muertos colateralmente. Yo simplemente fui un
espectador más.
También podría hablarles de la
vez en la que, mientras iba en bicicleta a ver a mi hermana, un ejército de
hombres cibernéticos se me apareció en una esquina. Comenzaron a secuestrar
gente para hacerles quién sabe qué cosa. En lugar de preocuparme por ayudar a
quienes pudiera, me largué pedaleando tan fuerte como pude. No tenía el poder
ni la capacidad de hacer nada por nadie. Simplemente veía el cielo llenarse de
estrellas metálicas y letales que volaban por toda la ciudad con personas en
sus brazos de acero. Eran cada vez más, en tierra y aire, y yo me daba cuenta
de que ninguno se fijaba en mi persona. Simplemente lograba salvarme de los
secuestros y de lo que sea que siguiera después. Me fui tan lejos como pude y,
luego de un buen trayecto, los hombres cibernéticos simplemente desaparecieron
de todos lados. Pregunté a la gente qué había pasado y me comentaron que un tal
doctor no-sé-quién junto con su amiga y acompañante los habían derrotado.
Nuevamente, los protagonistas fueron esos hombres robot, el individuo cuyo
nombre desconozco y su acompañante. Yo volví a ser solo un relleno de carne y
hueso.
Y así podría seguir. En cada paso
que doy, la invisibilidad me acompaña. Hasta mi sombra me hace sombra, por
decirlo de manera supuestamente poética y profunda, aunque en la realidad esta
frase no tenga ningún sentido. No disfruto esta condición, pero a la vez lo
acepté. Ya estoy acostumbrado a ser lo que soy. Aunque sé que difícilmente eso
cambie.
Les
cuento esto mientras hago mi sesión semanal de trote. Ya saben, para ser un
extra saludable. Mientras voy trotando por el parque, veo a la gente corriendo
en dirección contraria, y no por motivos de ejercicio. Corren gritando y
asustados, aplastándose unos a otros con tal de huir de la escena. Veo en
frente de mí a un ser verde y de cuatro brazos con pistolas láser en cada una.
Básicamente, un alienígena de los de toda la vida. Yo me doy la vuelta y me
pierdo en esa masa informe de humanos asustados y desesperados por sobrevivir.
Mientras huimos todos juntos, ese ser dispara rayos que alcanzan a varios de
ellos. A mí ni siquiera me rozan. En el camino, veo a más y más extraterrestres
con sus armas, matando tanto por diversión como por motivos de conquista. Es
decir, no conozco sus motivaciones reales, pero siempre suelen ser una de esas
dos. El punto es que corro y corro por la urbe infectada de seres ajenos. Corremos,
mejor dicho. Los pocos que quedamos. Cuando nos vemos frente a uno de esos
marcianos que apunta a varios con sus cuatro brazos armados, un láser lo corta
por la mitad. Veo al dueño de ese láser tras caer la mitad superior de la
amenaza. Es ese famoso equipo de justicia o como se llame. Vienen a salvarnos.
Damos media vuelta y nos volvemos por donde vinimos, de modo que nos alejamos
progresivamente de la escena. De pronto, se me ocurre darme vuelta y veo que
uno de los miembros de esa liga cae casi rendido al suelo al ser alcanzado por
uno de esos rayos. Sus ropas negras desgarradas dejan ver una herida que no
luce nada bien. Y el alienígena está a punto de exterminarlo. El tipo volador
quiere ayudarlo, pero se ve atrapado en los brazos de una de esas criaturas. Es
entonces que me veo identificado con ese señor de la noche y ese superhumano.
Con todo lo que han hecho por nosotros, no puedo dejarlos ahí para que mueran.
Vuelvo rápidamente a la escena de la batalla, salto con todas mis fuerzas y me
abalanzo sobre ese monstruo que le apuntaba al héroe herido. Aunque mis
esfuerzos por noquearlo son en vano, sí que le compran algo de tiempo a la casi
víctima para que se levante, le lance un búmeran con forma graciosa que explota
al contacto y lo deje tirado en el suelo. Es justo ahí que el otro se libera de
las garras que lo apresaban y destroza al ser que lo sujetaba. Entonces, llega
el líder de ese grupo. Un ser aún más grande y de aspecto más visceral. Ni
siquiera se fija en mí, sino en los dos superhéroes, y los ataca. Mientras
ellos pelean con él, yo planeo cómo puedo hacer para ayudarlos. Observo el
paisaje y todo lo que contiene. Veo vehículos destrozados, y veo una grúa. Ya
sé qué hacer. Corro rápidamente hacia la grúa, la enciendo (recuerdo cuando mi viejo
me llevaba a la construcción en la que trabajaba y yo me metía a manejar alguna
máquina. Nadie se daba cuenta), tomo un camión todavía entero usando el imán de
la grúa, lo muevo con toda la rapidez que puedo a una zona por la que imagino
que el monstruo pasará. El forzudo volador le da una supertrompada que lo hace
volar hacia donde estoy yo, apago el imán en el momento justo, cae el camión y…
KABOOM. Una lluvia de fuegos artificiales por encima de mí. Salgo rápidamente
esquivando los restos que caen o, mejor dicho, caminando normalmente, ya que
los restos parecen no querer saber nada de mí, y me acerco a ver a los dos
héroes. Les pregunto cómo están. Si están bien. «Sí, nos encontramos
perfectamente bien. Gracias por tu ayuda, ciudadano» me dicen, y me extienden
su mano para que se las estreche. Cuando lo hago, siento un flash y un reflejo
en mis anteojos. Como el de una cámara. Ellos al parecer también lo sintieron,
ya que miran hacia la zona de la que vino el resplandor. Hago lo mismo y vemos
a un tipo disfrazado con un traje de colores pegado a una pared cercana. Él es
el dueño de la cámara, y se va rápidamente de edificio en edificio.
Día siguiente. Compro el diario
matutino para leer las noticias y estar al tanto de lo que pasa en el mundo. Lo
primero que veo me sorprende: ¡La foto conmigo y los dos superhéroes en primera
plana! El titular es «Una acción explosiva». Abro el diario en la página
correspondiente con las manos temblando de la emoción y me pongo a leer el
artículo: «El día anterior, una avanzada raza alienígena aterrorizó nuestra
amada ciudad. Muchas personas desgraciadamente perdieron la vida en la
invasión. Sin embargo, gracias al esfuerzo de nuestros dos más queridos héroes,
el ataque no fue algo tan trágico como debió haber sido. Tan solo un día más».
Pero la puta madre, yo ayudé y nadie hace referencia a mi papel en la victoria
de la tierra. Pero bueno, mi foto está en la plana, así que de seguro alguien
me reconoce y me felicita. Salgo a la calle caminando y feliz de la vida. Veo a
varias personas leyendo el diario en formato impreso o en sus celulares. Me
acerco a un tipo, luego a una chica, luego a una familia. Nadie parece
reconocerme. Decido llamar a mi hermana a su celular:
—Hola, hermanita. ¿Estás viendo
el diario de hoy?
—Sí, lo estoy viendo. Es más,
estoy viendo la primera plana.
—¿Y no ves algo interesante ahí?
—casi no podía contener mi emoción.
—De hecho, sí. Que la foto es
pésima. Hay un reflejo justo en el medio que impide ver la cara del tercer
individuo en cuestión. Quién sabe por qué. Hoy en día dejan que cualquier
universitario con grandes aspiraciones sea el encargado de la fotografía. Se
necesita más disciplina.
Mi sonrisa transmuta en una mueca
de desilusión que ella no puede ver.
—Sí. Es cierto. Terrible el
fotógrafo. Nos vemos el sábado a la noche, ¿verdad? Yo me encargo de cocinar.
—De acuerdo. Gracias. Besos.
Y corto el teléfono. Logré la
mayor hazaña a la que un cualquiera podría aspirar, y aun así nadie se dio ni
se dará cuenta. Qué triste es la vida de un don nadie. Sin embargo, ¿para qué
desilusionarse? A pesar de que nadie lo vaya a saber jamás, fui el protagonista
de una historia épica con la que otros solo pueden soñar. Es más, creo que
debería convertir mi anonimato en una herramienta. Volverme un superhéroe. Sí,
señor. Y con un nombre en inglés para respetar el canon de las ficciones. A
partir de ahora seré «Avery Joe», el héroe al que nadie ve venir, porque es un
don nadie. La sombra de una sombra.
Una semana después. Plena noche.
Patrullo las calles de la ciudad con mi auto perfectamente normal y nada
llamativo vestido en mi ropa de trabajo perfectamente normal y nada llamativa.
Inspecciono hasta el último rincón de la ciudad. Paso cerca de un coche
patrulla, y justo en ese momento suena a todo volumen la radio policial:
—Atención a todas las unidades. Un psicópata está causando caos con un lanzacohetes en el distrito industrial. Viste campera de cuero negra, pantalones cargo verdes, zapatillas azules y no se le ha oído soltar una sola palabra. Se solicita la presencia de la ley de inmediato.
Es así que el coche de policía enciende sus sirenas y acelera. Yo voy hasta la zona a toda velocidad, siguiéndoles el paso. Ese criminal no sabrá quién lo golpeó. Realmente no lo sabrá.
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