miércoles, 25 de marzo de 2026

Un extra en la vida

Mi nombre es Juan Carlos Fulano, y soy un mero peatón. Un extra en la vida. ¿Vieron que, en la ficción, hay mucha gente caminando y haciendo de extras para darle relleno y vida a los entornos en los que los verdaderos protagonistas luchan sus batallas reales o simbólicas? Pues bien, yo soy uno de estos rellenos, pero en la vida real. Tengo tantas experiencias para contarles y tanto que compartir que no sé por dónde empezar. Empecemos por donde sea.

Una vez estaba caminando por la calle de la ciudad, yendo a mi trabajo de todos los días. Como buen extra de traje y corbata que no tiene nada de lo que preocuparse más que de llevar un plato de comida a su mesa. Mientras iba al trabajo, vi a un tipo corriendo detrás de mí. Era un ladrón, que le había sacado el bolso a una mujer. Me pasó por al lado sin siquiera rozarme mientras escapaba de una mujer policía que lo perseguía, la cual tampoco llegó siquiera a tocarme a pesar de lo cerca de mí que estuvo. Cuando estaba por llegar a la esquina, el ladrón se tropezó y cayó al piso. La policía lo atrapó, lo retuvo y lo llevó a su patrulla. En ese caso, los que vivieron toda una aventura fueron la mujer que fue víctima de robo, el ladrón que había cometido el delito y la policía que lo atrapó. Yo no tuve ningún protagonismo en esa historia. Si me hubieran chocado al menos, ahí sí que hubiera tenido alguna participación en ese episodio, pero no. Simplemente fue un día más para mí.

En otra ocasión en la que iba a la casa de mi madre, estaba conduciendo un auto propio de alguien de mi condición. Esto es, un auto promedio. Ni muy lujoso ni muy pobre. El auto que un don nadie manejaría. De pronto, mientras estaba en una esquina esperando a que el semáforo se pusiera en verde, pasaron otros dos coches de alta gama a toda velocidad, saltándose las luces rojas e intercambiando disparos. Era el famoso cartel de Sosa contra la mafia Colombo. La vida se les iba tanto metafórica como literalmente entre el frenesí y las ráfagas de balas a miembros de ambos bandos. Los vi alejarse en el horizonte urbano y, justo cuando estaban por desaparecer de mi vista y de mi vida, alcancé a divisar que el coche de los Colombo chocó contra una boca de incendios, derrapó con todo y se llevó puesto a varios civiles. Mientras tanto, no supe nada más de los de Sosa. Probablemente hayan vuelto a su guarida. Lo que quiero decir es que, en aquella oportunidad, los protagonistas de la historia fueron los miembros de ambas pandillas y, en menor medida, los civiles muertos colateralmente. Yo simplemente fui un espectador más.

También podría hablarles de la vez en la que, mientras iba en bicicleta a ver a mi hermana, un ejército de hombres cibernéticos se me apareció en una esquina. Comenzaron a secuestrar gente para hacerles quién sabe qué cosa. En lugar de preocuparme por ayudar a quienes pudiera, me largué pedaleando tan fuerte como pude. No tenía el poder ni la capacidad de hacer nada por nadie. Simplemente veía el cielo llenarse de estrellas metálicas y letales que volaban por toda la ciudad con personas en sus brazos de acero. Eran cada vez más, en tierra y aire, y yo me daba cuenta de que ninguno se fijaba en mi persona. Simplemente lograba salvarme de los secuestros y de lo que sea que siguiera después. Me fui tan lejos como pude y, luego de un buen trayecto, los hombres cibernéticos simplemente desaparecieron de todos lados. Pregunté a la gente qué había pasado y me comentaron que un tal doctor no-sé-quién junto con su amiga y acompañante los habían derrotado. Nuevamente, los protagonistas fueron esos hombres robot, el individuo cuyo nombre desconozco y su acompañante. Yo volví a ser solo un relleno de carne y hueso.

Y así podría seguir. En cada paso que doy, la invisibilidad me acompaña. Hasta mi sombra me hace sombra, por decirlo de manera supuestamente poética y profunda, aunque en la realidad esta frase no tenga ningún sentido. No disfruto esta condición, pero a la vez lo acepté. Ya estoy acostumbrado a ser lo que soy. Aunque sé que difícilmente eso cambie.

Les cuento esto mientras hago mi sesión semanal de trote. Ya saben, para ser un extra saludable. Mientras voy trotando por el parque, veo a la gente corriendo en dirección contraria, y no por motivos de ejercicio. Corren gritando y asustados, aplastándose unos a otros con tal de huir de la escena. Veo en frente de mí a un ser verde y de cuatro brazos con pistolas láser en cada una. Básicamente, un alienígena de los de toda la vida. Yo me doy la vuelta y me pierdo en esa masa informe de humanos asustados y desesperados por sobrevivir. Mientras huimos todos juntos, ese ser dispara rayos que alcanzan a varios de ellos. A mí ni siquiera me rozan. En el camino, veo a más y más extraterrestres con sus armas, matando tanto por diversión como por motivos de conquista. Es decir, no conozco sus motivaciones reales, pero siempre suelen ser una de esas dos. El punto es que corro y corro por la urbe infectada de seres ajenos. Corremos, mejor dicho. Los pocos que quedamos. Cuando nos vemos frente a uno de esos marcianos que apunta a varios con sus cuatro brazos armados, un láser lo corta por la mitad. Veo al dueño de ese láser tras caer la mitad superior de la amenaza. Es ese famoso equipo de justicia o como se llame. Vienen a salvarnos. Damos media vuelta y nos volvemos por donde vinimos, de modo que nos alejamos progresivamente de la escena. De pronto, se me ocurre darme vuelta y veo que uno de los miembros de esa liga cae casi rendido al suelo al ser alcanzado por uno de esos rayos. Sus ropas negras desgarradas dejan ver una herida que no luce nada bien. Y el alienígena está a punto de exterminarlo. El tipo volador quiere ayudarlo, pero se ve atrapado en los brazos de una de esas criaturas. Es entonces que me veo identificado con ese señor de la noche y ese superhumano. Con todo lo que han hecho por nosotros, no puedo dejarlos ahí para que mueran. Vuelvo rápidamente a la escena de la batalla, salto con todas mis fuerzas y me abalanzo sobre ese monstruo que le apuntaba al héroe herido. Aunque mis esfuerzos por noquearlo son en vano, sí que le compran algo de tiempo a la casi víctima para que se levante, le lance un búmeran con forma graciosa que explota al contacto y lo deje tirado en el suelo. Es justo ahí que el otro se libera de las garras que lo apresaban y destroza al ser que lo sujetaba. Entonces, llega el líder de ese grupo. Un ser aún más grande y de aspecto más visceral. Ni siquiera se fija en mí, sino en los dos superhéroes, y los ataca. Mientras ellos pelean con él, yo planeo cómo puedo hacer para ayudarlos. Observo el paisaje y todo lo que contiene. Veo vehículos destrozados, y veo una grúa. Ya sé qué hacer. Corro rápidamente hacia la grúa, la enciendo (recuerdo cuando mi viejo me llevaba a la construcción en la que trabajaba y yo me metía a manejar alguna máquina. Nadie se daba cuenta), tomo un camión todavía entero usando el imán de la grúa, lo muevo con toda la rapidez que puedo a una zona por la que imagino que el monstruo pasará. El forzudo volador le da una supertrompada que lo hace volar hacia donde estoy yo, apago el imán en el momento justo, cae el camión y… KABOOM. Una lluvia de fuegos artificiales por encima de mí. Salgo rápidamente esquivando los restos que caen o, mejor dicho, caminando normalmente, ya que los restos parecen no querer saber nada de mí, y me acerco a ver a los dos héroes. Les pregunto cómo están. Si están bien. «Sí, nos encontramos perfectamente bien. Gracias por tu ayuda, ciudadano» me dicen, y me extienden su mano para que se las estreche. Cuando lo hago, siento un flash y un reflejo en mis anteojos. Como el de una cámara. Ellos al parecer también lo sintieron, ya que miran hacia la zona de la que vino el resplandor. Hago lo mismo y vemos a un tipo disfrazado con un traje de colores pegado a una pared cercana. Él es el dueño de la cámara, y se va rápidamente de edificio en edificio.

Día siguiente. Compro el diario matutino para leer las noticias y estar al tanto de lo que pasa en el mundo. Lo primero que veo me sorprende: ¡La foto conmigo y los dos superhéroes en primera plana! El titular es «Una acción explosiva». Abro el diario en la página correspondiente con las manos temblando de la emoción y me pongo a leer el artículo: «El día anterior, una avanzada raza alienígena aterrorizó nuestra amada ciudad. Muchas personas desgraciadamente perdieron la vida en la invasión. Sin embargo, gracias al esfuerzo de nuestros dos más queridos héroes, el ataque no fue algo tan trágico como debió haber sido. Tan solo un día más». Pero la puta madre, yo ayudé y nadie hace referencia a mi papel en la victoria de la tierra. Pero bueno, mi foto está en la plana, así que de seguro alguien me reconoce y me felicita. Salgo a la calle caminando y feliz de la vida. Veo a varias personas leyendo el diario en formato impreso o en sus celulares. Me acerco a un tipo, luego a una chica, luego a una familia. Nadie parece reconocerme. Decido llamar a mi hermana a su celular:

—Hola, hermanita. ¿Estás viendo el diario de hoy?

—Sí, lo estoy viendo. Es más, estoy viendo la primera plana.

—¿Y no ves algo interesante ahí? —casi no podía contener mi emoción.

—De hecho, sí. Que la foto es pésima. Hay un reflejo justo en el medio que impide ver la cara del tercer individuo en cuestión. Quién sabe por qué. Hoy en día dejan que cualquier universitario con grandes aspiraciones sea el encargado de la fotografía. Se necesita más disciplina.

Mi sonrisa transmuta en una mueca de desilusión que ella no puede ver.

—Sí. Es cierto. Terrible el fotógrafo. Nos vemos el sábado a la noche, ¿verdad? Yo me encargo de cocinar.

—De acuerdo. Gracias. Besos.

Y corto el teléfono. Logré la mayor hazaña a la que un cualquiera podría aspirar, y aun así nadie se dio ni se dará cuenta. Qué triste es la vida de un don nadie. Sin embargo, ¿para qué desilusionarse? A pesar de que nadie lo vaya a saber jamás, fui el protagonista de una historia épica con la que otros solo pueden soñar. Es más, creo que debería convertir mi anonimato en una herramienta. Volverme un superhéroe. Sí, señor. Y con un nombre en inglés para respetar el canon de las ficciones. A partir de ahora seré «Avery Joe», el héroe al que nadie ve venir, porque es un don nadie. La sombra de una sombra.

Una semana después. Plena noche. Patrullo las calles de la ciudad con mi auto perfectamente normal y nada llamativo vestido en mi ropa de trabajo perfectamente normal y nada llamativa. Inspecciono hasta el último rincón de la ciudad. Paso cerca de un coche patrulla, y justo en ese momento suena a todo volumen la radio policial:

—Atención a todas las unidades. Un psicópata está causando caos con un lanzacohetes en el distrito industrial. Viste campera de cuero negra, pantalones cargo verdes, zapatillas azules y no se le ha oído soltar una sola palabra. Se solicita la presencia de la ley de inmediato.

Es así que el coche de policía enciende sus sirenas y acelera. Yo voy hasta la zona a toda velocidad, siguiéndoles el paso. Ese criminal no sabrá quién lo golpeó. Realmente no lo sabrá.

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